
El año acaba de empezar, pero los primeros días de 2026 ya han traído noticias de gran calado en materia de salud. El lunes de la semana pasada, la agencia federal de salud de EE UU dio un vuelco a sus recomendaciones sobre la vacunación infantil rutinaria, una decisión que, según alertan asociaciones médicas, expone a los menores a un riesgo innecesario de enfermedades prevenibles.
Las novedades no acabaron ahí. El pasado miércoles, el secretario de Salud, Robert F. Kennedy Jr., junto a responsables de los departamentos de Salud y Servicios Humanos y de Agricultura, presentó las nuevas directrices dietéticas para los estadounidenses. Y no han pasado desapercibidas.
En parte, porque incluyen recomendaciones favorables a productos como la carne roja, la mantequilla o el sebo de vacuno, alimentos vinculados a enfermedades cardiovasculares y cuyo consumo los expertos en nutrición llevan años aconsejando moderar.
Estas directrices no son un asunto menor: influyen, entre otras cosas, en los programas de asistencia alimentaria y en los menús escolares. Por eso, esta semana conviene detenerse a analizar lo bueno, lo malo y lo cuestionable de los consejos nutricionales que el Gobierno está sirviendo a los estadounidenses.
Las guías dietéticas gubernamentales existen desde la década de 1980. Se actualizan cada cinco años, en un proceso en el que suele participar un equipo de científicos nutricionistas que han analizado minuciosamente las investigaciones científicas durante años. Ese grupo publica primero sus conclusiones en un informe científico y, aproximadamente un año después, se difunden las Dietary Guidelines for Americans definitivas.
Las últimas directrices cubrían el periodo 2020-2025 y se esperaba que las nuevas vieran la luz en el verano de 2025. El trabajo llevaba años en marcha y el informe científico destinado a servir de base se publicó ya en 2024. Sin embargo, la publicación de las directrices se retrasó por el cierre gubernamental de EE UU del año pasado, según explicó Kennedy. Finalmente, las nuevas directrices se hicieron públicas el pasado miércoles.
La expectación entre los expertos en nutrición era máxima. La ciencia de la nutrición ha evolucionado ligeramente en los últimos cinco años, y algunos esperaban ver nuevas recomendaciones. Las investigaciones actuales sugieren, por ejemplo, que no existe un nivel «seguro» de consumo de alcohol.
También se está empezando a comprender mejor qué riesgos para la salud pueden estar asociados a ciertos alimentos ultraprocesados, aunque aún no existe consenso ni sobre esos riesgos ni sobre qué se considera exactamente ‘ultraprocesado’. Además, algunos científicos confiaban en que las nuevas directrices tuvieran en cuenta la sostenibilidad medioambiental, señala Gabby Headrick, directora asociada de Políticas Alimentarias y Nutrición del Instituto de Seguridad Alimentaria y Nutrición de la Universidad George Washington, en Washington DC (EE UU).
No ha sido así.
Muchas de las recomendaciones son sensatas. Las directrices recomiendan una alimentación rica en alimentos integrales, especialmente frutas y verduras frescas. Aconsejan evitar los productos altamente procesados y los azúcares añadidos, y subrayan la importancia de las proteínas, los cereales integrales y las grasas «saludables».
Pero no todas lo son, advierte Headrick. Las directrices se abren con una «nueva pirámide» de alimentos. Este triángulo invertido sitúa en la parte superior a las «proteínas, lácteos y grasas saludables» a un lado, y a las «verduras y frutas», al otro.

USDA
La imagen presenta varios problemas. Para empezar, su forma: los científicos en nutrición dejaron atrás las pirámides alimentarias de los años noventa hace tiempo, explica Headrick, porque resultan confusas y dificultan que la población entienda cómo debería componerse su plato. Por eso, hoy se recurre a la imagen de un plato para representar una dieta equilibrada.
«Llevamos más de una década utilizando MyPlate para describir las pautas dietéticas de una forma muy accesible para el consumidor y fácil de entender en materia de educación nutricional», afirma Headrick. El Servicio Nacional de Salud del Reino Unido adopta un enfoque similar.
El problema no es solo la forma, sino también el contenido de esa pirámide alimentaria. El gráfico concede un protagonismo notable a la carne y a los productos lácteos enteros. La imagen situada en la esquina superior izquierda, la que probablemente llama primero la atención, es la de un filete. Justo en el centro de la pirámide aparece una barra de mantequilla. Eso es nuevo. Y no es una buena noticia.
Aunque tanto la carne roja como los lácteos enteros pueden formar parte de una dieta saludable, los nutricionistas llevan años recomendando limitar su consumo. Ambos productos suelen tener un alto contenido en grasas saturadas, que aumentan el riesgo de enfermedades cardiovasculares, la principal causa de muerte en EE UU. En 2015, y basándose en pruebas limitadas, la Organización Mundial de la Salud clasificó la carne roja como «probablemente carcinógena para el ser humano».
También resulta preocupante la definición de «grasas saludables» que recoge el documento, ya que incluye la mantequilla y el sebo de vacuno, uno de los productos preferidos del movimiento MAHA. Ninguno de los dos se considera tan saludable como, por ejemplo, el aceite de oliva. Mientras que una cucharada de aceite de oliva contiene alrededor de dos gramos de grasa saturada, la misma cantidad de sebo de vacuno aporta unos seis gramos, y la mantequilla, alrededor de siete gramos, explica Headrick.
«Creo que son recomendaciones dietéticas bastante perjudiciales, cuando está demostrado que esos alimentos concretos probablemente no aportan beneficios para la salud», añade.
La carne roja no es precisamente un alimento sostenible, y tampoco lo son los productos lácteos. Y el apartado dedicado al alcohol es relativamente impreciso: se limita a recomendar que la población «consuma menos alcohol para mejorar la salud general», una formulación que deja una pregunta en el aire: ¿menos que cuánto?: se limita a recomendar que la población «consuma menos alcohol para mejorar la salud general», una formulación que deja una pregunta en el aire: ¿menos que cuánto?
Las directrices incluyen otras recomendaciones igualmente discutibles. Se aconseja a los estadounidenses aumentar la cantidad de proteínas en su dieta, hasta niveles de entre 1,2 y 1,6 gramos diarios por kilo de peso corporal, es decir, entre un 50% y un 100% más que lo recomendado en las guías anteriores. Existe el riesgo de que aumentar el consumo de proteínas hasta tales niveles pueda elevar la ingesta de calorías y grasas saturadas de una persona a niveles poco saludables, advierte José Ordovás, investigador sénior en nutrición de la Universidad de Tufts. «Yo optaría por el extremo más bajo de esa horquilla», señala.
Varios científicos especializados en nutrición se preguntan a qué responde este cambio. No es que las nuevas recomendaciones estuvieran en el informe científico de 2024, y la evidencia sobre los efectos de la carne roja y las grasas saturadas no ha variado, subraya Headrick.
Para la elaboración de este reportaje, contacté con numerosos expertos que participaron en las directrices anteriores y con algunos de los investigadores principales del informe científico de 2024. Ninguno accedió a comentar oficialmente las nuevas directrices. Algunos mostraban cierto malestar. Uno de ellos se limitó a señalar que el proceso de elaboración de las nuevas guías había sido «opaco».
«Estas personas invirtieron muchísimo tiempo y realizaron un trabajo exhaustivo [durante] un par de años, identificando [los estudios científicos más relevantes]», explica Ordovás. «No me sorprende que, cuando ven que su trabajo ha sido ignorado y sustituido por algo [elaborado] con prisas, se sientan un poco decepcionados», añade.





