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A mediados de octubre, un objeto misterioso agrietó el parabrisas de un Boeing 737 lleno de pasajeros que volaba a 36.000 pies sobre Utah, obligando a los pilotos a realizar un aterrizaje de emergencia. Internet se llenó de especulaciones: ¿había golpeado el avión un fragmento de basura espacial? Aún no sabemos con certeza qué lo impactó (probablemente restos de un globo meteorológico), pero la hipótesis no era tan descabellada. 

El riesgo de que un vuelo sea alcanzado por desechos espaciales sigue siendo bajo, pero está creciendo. 

Según cálculos de la Agencia Espacial Europea, cada día caen a la atmósfera terrestre unas tres piezas de equipos espaciales antiguos; cohetes usados y satélites fuera de servicio. Para mediados de la década de 2030 podrían ser decenas. El aumento está ligado al crecimiento del número de satélites en órbita: hoy hay unos 12.900 activos alrededor del planeta; en diez años podrían ser 100.000, según estimaciones de analistas.  

Para reducir el riesgo de colisiones orbitales, los operadores guían los satélites obsoletos para que se desintegren en la atmósfera. Pero la física de esa reentrada no se comprende del todo, y desconocemos cuánto material se quema y cuánto llega al suelo. 

“El número de estos eventos está aumentando», afirma Richard Ocaya, profesor de física en la Universidad del Estado Libre, en Sudáfrica, y coautor de un estudio reciente sobre el riesgo de basura espacial. «Esperamos que crezca de forma exponencial en los próximos años”. 

Hasta ahora, los restos espaciales no han herido a nadie, ni en el aire ni en tierra. Pero en los últimos años se han registrado varios sustos. En marzo del año pasado, un trozo de metal de 0,7 kilos atravesó el techo de una casa en Florida. El objeto resultó ser parte de una batería expulsada desde la Estación Espacial Internacional. En el momento del impacto, el hijo del propietario, de 19 años, descansaba en la habitación contigua.  

Y en febrero de este año, un fragmento de 1,5 metros del cohete Falcon 9 de SpaceX cayó cerca de un almacén en las afueras de Poznan, la quinta ciudad más grande de Polonia. Otro pedazo apareció en un bosque cercano. Un mes después, una pieza de 2,5 kilos de un satélite Starlink aterrizó en una granja de Saskatchewan, Canadá. También se han reportado incidentes en Australia y África. Y muchos más podrían pasar desapercibidos. 

“Si encuentras un montón de aparatos quemados en un bosque, tu primera idea no es que provengan de una nave espacial», señala James Beck, director de la firma británica de investigación espacial Belstead Research. Advierte que no comprendemos del todo el riesgo de impactos y que podría ser mucho mayor de lo que los operadores de satélites admiten. 

Por ejemplo, SpaceX, propietaria de la mayor megaconstelación actual, Starlink, asegura que sus satélites están “diseñados para desintegrarse” y se queman por completo al atravesar la atmósfera.  

Pero Beck, que ha realizado pruebas en túneles de viento con réplicas de satélites para simular las fuerzas atmosféricas, dice que los resultados siembran dudas. Algunas piezas están hechas de materiales muy resistentes, como titanio y aleaciones especiales, que no se funden ni siquiera a las altísimas temperaturas de una reentrada hipersónica. «Hemos trabajado con fabricantes de pequeños satélites y, básicamente, su gran problema es que los tanques llegan al suel», explica Beck. «En satélites grandes, de unos 800 kilos, esperaríamos que dos o tres fragmentos impactaran». 

Cuantificar el peligro no es sencillo. La Organización de Aviación Civil Internacional (OACI) dijo a MIT Technology Review que «el rápido crecimiento en el despliegue de satélites plantea un desafío inédito» para la seguridad aérea, uno que «no puede medirse con la misma precisión que otros riesgos conocidos». 

La Administración Federal de Aviación (FAA) sí ha hecho cálculos preliminares: en un análisis de 2023, estimó que para 2035 el riesgo de que un avión sufra un impacto catastrófico con basura espacial será de 7 entre 10.000. Un choque así destruiría la aeronave de inmediato o provocaría una pérdida rápida de presión, poniendo en peligro la vida de todos a bordo. 

El riesgo para las personas en tierra será mucho mayor. Aaron Boley, profesor asociado de astronomía e investigador en basura espacial en la Universidad de Columbia Británica (Canadá), advierte que si los satélites de megaconstelaciones «no se desintegran por completo», la probabilidad de que alguien muera o resulte herido por un impacto podría alcanzar el 10% anual para 2035. Eso significaría que, aproximadamente cada década, alguien en la Tierra sería golpeado por restos espaciales. En su informe, la FAA eleva aún más las cifras con supuestos similares, calculando que «una persona en el planeta resultaría herida o muerta cada dos años». 

Los expertos empiezan a plantearse cómo incorporar la basura espacial en sus protocolos de seguridad aérea. La empresa alemana Okapi Orbits, especializada en space situational awareness, trabaja junto al Centro Aeroespacial Alemán y la organización europea Eurocontrol para adaptar los sistemas de control aéreo y que pilotos y controladores reciban alertas precisas y a tiempo sobre posibles amenazas. 

Predecir la trayectoria de estos restos no es sencillo. En los últimos años, los avances en IA han mejorado las estimaciones sobre el movimiento de objetos en el vacío espacial, reduciendo el riesgo de colisiones en órbita. Pero, por ahora, los algoritmos no logran calcular con precisión los efectos de la atmósfera, cada vez más densa, que la basura encuentra al reentrar. Las observaciones por radar y telescopio ayudan, pero la ubicación exacta del impacto solo se conoce con muy poca antelación. «Incluso con modelos de alta fidelidad, hay tantas variables que es difícil obtener una localización precisa», explica Njord Eggen, analista de datos en Okapi Orbits. Recuerda que los restos orbitan la Tierra cada hora y media: «Si tienes incertidumbres de apenas 10 minutos, eso puede cambiar drásticamente el lugar donde impactarán». 

Para las aerolíneas, el problema no es solo un posible choque, por catastrófico que sea. Para evitar accidentes, las autoridades probablemente cierren temporalmente el espacio aéreo en zonas de riesgo, lo que genera retrasos y costes. Boley y su equipo publicaron este año un estudio que estima que regiones con gran tráfico aéreo, como el norte de Europa o el noreste de EE UU, ya tienen un 26% de probabilidad anual de sufrir al menos una interrupción por la reentrada de un gran fragmento espacial. Cuando todas las megaconstelaciones estén desplegadas, estos cierres podrían ser tan habituales como los provocados por el mal tiempo. 

Como las predicciones actuales son poco fiables, muchas de estas restricciones podrían resultar innecesarias.  

En 2022, por ejemplo, cuando un cohete chino Long March de 21 toneladas caía hacia la Tierra, los cálculos apuntaban a que sus restos se dispersarían sobre España y parte de Francia. Al final, el cohete se estrelló en el Pacífico. Pero el cierre de 30 minutos del espacio aéreo en el sur de Europa retrasó y desvió cientos de vuelos. 

Mientras tanto, los reguladores internacionales instan a los operadores de satélites y lanzadores a desorbitar grandes satélites y cuerpos de cohetes de forma controlada, guiándolos hacia zonas remotas del océano con el combustible residual. La Agencia Espacial Europea calcula que solo la mitad de los cuerpos de cohete que reentran lo hacen de manera controlada. Además, unos 2.300 cuerpos antiguos, ya incontrolables, siguen en órbita, descendiendo lentamente hacia la Tierra sin mecanismos para dirigirlos con seguridad al océano. 

«Hay suficiente material ahí arriba como para que, incluso cambiando nuestras prácticas, todos esos cuerpos acaben reentrando», advierte Boley. “Aunque la probabilidad de que un avión sea golpeado es baja, la de que los restos caigan sobre espacio aéreo concurrido no lo es. De hecho, es bastante probable».