Skip to main content

¿Alguna vez has sentido ‘velvetmist? 

Se define como una “emoción compleja y sutil que despierta sensaciones de confort, serenidad y una leve impresión de estar flotando”. Es una experiencia apacible, aunque más efímera e inasible que el simple bienestar. Puede surgir al contemplar una puesta de sol o al escuchar un álbum introspectivo y de tonos bajos. 

Si no reconoces esa sensación, o ni siquiera te suena el término, no es extraño. Velvetmist nació de la mano de un usuario de Reddit llamado noahjeadie, que lo generó con ayuda de ChatGPT, junto a una serie de consejos para provocarlo. Con los aceites esenciales y la banda sonora adecuados, al parecer, tu también puedes sentirte como “un fantasma suave y difuso que flota por un suburbio residencial de lavanda”.  

No frunzas el ceño: según los investigadores, cada vez aparecen más términos de estas llamadas ‘neoemociones’ en internet, palabras que describen nuevas dimensiones y matices de la vida emocional. Velvetmist fue uno de los ejemplos clave citados en un artículo académico sobre este fenómeno publicado en julio de 2025. Pero la mayoría de estas neoemociones no son fruto de inteligencias artificiales con alma sensible. Las crean las personas, y forman parte de un cambio profundo en la manera en que la ciencia entiende las emociones: una visión que subraya cómo los individuos generan constantemente nuevos sentimientos para adaptarse a un mundo en transformación. 

Puede que velvetmist haya sido un hallazgo puntual de un chatbot, pero no es un caso aislado. La socióloga Marci Cottingham, cuyo artículo de 2024 impulso esta línea de investigación, recoge muchos otros términos de reciente circulación. Ahí están ‘Black joy’ (la celebración del placer encarnado como forma de resistencia política de la comunidad negra), ‘trans euphoria’ (la alegría que nace cuando la identidad de género es reconocida y celebrada), ‘eco-anxiety’ (la ansiedad latente ante la catástrofe climática), ‘hypernormalization’ (la presión casi surrealista de seguir representando la rutina diaria bajo el capitalismo durante una pandemia global o una deriva autoritaria) o la sensación de ‘doom’ presente en ‘doomer’ (quien adopta un pesimismo implacable) y en ‘doomscrolling’ (permanecer enganchado a un flujo interminable de malas noticias en un estado que mezcla apatía y temor). 

Por supuesto, el vocabulario emocional está en constante evolución. Durante la Guerra Civil, los médicos empleaban el término centenario “nostalgia” (formado por las palabras griegas que significan “regresar a casa” y “dolor”) para describir un conjunto de síntomas, a veces mortales, que padecían los soldados, una afección que hoy probablemente describiríamos como trastorno de estrés postraumático. Ahora el significado de nostalgia se ha suavizado y desvanecido hasta convertirse en un afecto apacible por un antiguo producto cultural o un modo de vida desaparecido. Además, las personas importan constantemente palabras emocionales de otras culturas por su poder evocador o su utilidad, como ‘hygge’ (el concepto danés de calidez acogedora) o ‘kvell’ (un término yidis que expresa un orgullo desbordante y feliz). 

Cottingham cree que la proliferación de neoemociones está vinculada al aumento del tiempo que pasamos en internet. Estas acuñaciones nos ayudan a relacionarnos, a dar sentido a lo que vivimos y generan un notable nivel de interacción en redes sociales. Incluso cuando una neoemoción no es más que una variación sutil (o una combinación) de sentimientos conocidos, afinar el lenguaje nos permite reflexionar mejor y conectar con los demás. “Pueden ser señales que nos informan sobre nuestro lugar en el mundo”, explica.  

Estas nuevas emociones forman parte de un auténtico cambio de paradigma en la ciencia de las emociones. Durante décadas, los investigadores defendieron que los seres humanos compartimos un núcleo de seis o siete emociones básicas. Sin embargo, en los últimos diez años, la psicóloga clínica Lisa Feldman Barrett, de la Universidad Northeastern, se ha consolidado como una de las científicas más citadas del mundo al demostrar lo contrario. A partir de técnicas avanzadas de neuroimagen y del estudio de bebés y de comunidades culturales relativamente aisladas, concluye que no existe una paleta emocional básica universal. La forma en que sentimos y nombramos lo que sentimos está determinada por la cultura. “¿Cómo sabes qué son la ira, la tristeza o el miedo? Porque alguien te lo enseñó”, afirma Barrett. 

Si no existen emociones biológicas “básicas”, cobra mayor peso la dimensión social y cultural en la interpretación de nuestras experiencias, una interpretación que además cambia con el tiempo. “Como socióloga, entendemos todas las emociones como construcciones”, señala Cottingham. Al igual que cualquier otra herramienta que los seres humanos fabrican y utilizan, “las emociones son un recurso práctico que las personas utilizan para orientarse en el mundo”. 

Algunas neoemociones, como velvetmist, pueden quedarse en meras curiosidades. Barrett propone, con humor, el término ‘chiplessness’ para describir esa mezcla de hambre, frustración y alivio que llega al encontrar el fondo vacío de la bolsa. Otras, en cambio, como ‘eco-anxiety’ o ‘Black joy’, adquieren entidad propia y llegan a impulsar movimientos sociales. 

Tanto leer sobre estas neoemociones como crear las suyas propias, con o sin la ayuda de un chatbot, puede resultar sorprendentemente útil. Numerosos estudios respaldan las ventajas de la granularidad emocional. En esencia, cuantas más palabras específicas y detalladas tenemos para describir lo que sentimos, en lo positivo y en lo negativo, mejor. 

Los investigadores comparan esta ‘emodiversidad’ con la biodiversidad o la diversidad cultural, y sostienen que un mundo más diverso es también más rico. Resulta que las personas que muestran una mayor granularidad emocional acuden al médico con menos frecuencia, pasan menos días hospitalizadas por enfermedad y presentan menor propensión a beber alcohol en situaciones de estrés, a conducir de forma temeraria o a fumar. Además, muchos estudios indican que la emodiversidad es una habilidad que puede desarrollarse a cualquier edad con el entrenamiento adecuado. Basta imaginar ese futuro amable y envolvente. ¿Te provoca la idea un cosquilleo onírico? 

¿Seguro que nunca has sentido velvetmist? 

Anya Kamenetz es periodista independiente especializada en educación y autora del boletín The Golden Hour en Substack.