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Pull the plug! Pull the plug! Stop the slop! Stop the slop! (“¡Desenchufadlo! ¡Basta de basura digital!”). Por unas horas este sábado 28 de febrero, observé cómo un par de centenares de manifestantes contra la inteligencia artificial marchaban por el distrito tecnológico de King’s Cross en Londres (sede en el Reino Unido de OpenAI, Meta y Google DeepMind) mientras coreaban consignas y agitaban pancartas. La marcha fue organizada por dos colectivos activistas distintos, Pause AI y Pull the Plug, que la describieron como la mayor protesta de este tipo hasta la fecha. 

La variedad de preocupaciones exhibidas abarcaba desde la basura digital en línea y las imágenes abusivas, hasta los robots asesinos y la posible extinción humana. Una mujer llevaba un gran cartel casero sobre la cabeza que decía WHO WILL BE WHOSE TOOL? (“QUIÉN SERÁ LA HERRAMIENTA DE QUIÉN?”), con las letras OO de “TOOL” recortadas para usarlas como orificios para los ojos. Había pancartas que decían Pause before there’s cause” (“Detente antes de que haya motivo”), EXTINCTION = BAD (“EXTINCIÓN = MALA”) y Demis the Menace (“Demis la Amenaza”, en referencia a Demis Hassabis, director ejecutivo de Google DeepMind). Otra simplemente decía: Stop using AI  («Deja de usar la IA»).

Un hombre mayor, que llevaba un cartel en el que se leía AI? Over my dead body (“¿IA? Por encima de mi cadáver”), me dijo que estaba preocupado por el impacto negativo de la inteligencia artificial en la sociedad: “Se trata de los peligros del desempleo”, afirmó. “El diablo encuentra trabajo para las manos ociosas”. 

Todo esto resulta familiar. Desde hace años, los investigadores vienen señalando los daños, tanto reales como hipotéticos, causados por la IA generativa, especialmente modelos como ChatGPT, de OpenAI, y Gemini, de Google DeepMind. Lo que ha cambiado es que esas preocupaciones han empezado a ser asumidas por movimientos de protesta capaces de reunir a un número considerable de personas, llevándolas a las calles para gritar y manifestarse por ellas. 

La primera vez que me encontré con manifestantes contra la inteligencia artificial fue en mayo de 2023, frente a un auditorio en Londres donde hablaba Sam Altman. Dos o tres personas increpaban a un público de cientos de asistentes. En junio del año pasado, Pause AI (una organización pequeña pero internacional, creada en 2023 y financiada por donantes privados) reunió a unas pocas docenas de personas en una protesta frente a la oficina de Google DeepMind en Londres. Aquello ya se sentía como una escalada significativa. 

“Queremos que la gente sepa que Pause AI existe”, me dijo Joseph Miller, responsable de la rama británica del movimiento y coorganizador de la marcha del sábado, durante una llamada telefónica el día previo a la protesta. “Hemos crecido muy rápido. De hecho, parece que también estamos siguiendo una trayectoria algo exponencial, a la par del avance de la propia IA”. 

Miller es estudiante de doctorado en la Universidad de Oxford, donde investiga interpretabilidad mecánica, un campo nuevo que intenta comprender exactamente qué ocurre dentro de los modelos de lenguaje cuando llevan a cabo una tarea. Su trabajo le ha llevado a creer que esta tecnología podría estar siempre fuera de nuestro control y que eso podría tener consecuencias catastróficas. 

No tiene por qué ser una superinteligencia rebelde, dijo. Solo haría falta que alguien pusiera a la inteligencia artificial al mando del arsenal nuclear. “Cuantas más decisiones absurdas tome la humanidad, menos poderosa tiene que ser la IA para que las cosas salgan mal”, afirmó. 

Tras una semana en la que el gobierno de EE UU intentó obligar a Anthropic a permitir el uso de su modelo de lenguaje Claude para cualquier propósito militar “legal”, esos temores parecen un poco menos descabellados. Anthropic mantuvo su postura, pero OpenAI firmó en su lugar un acuerdo con el Departamento de Defensa. (OpenAI rechazó una invitación para comentar sobre la protesta del sábado). 

Para Matilda da Rui, miembro de Pause AI y coorganizadora de la protesta, la IA es el último problema al que se enfrentará la humanidad. Cree que la tecnología permitirá resolver (de una vez por todas) todos los demás problemas que tenemos, o bien nos destruirá, y no quedará nadie para tener problemas. “Es un misterio para mí que alguien pueda centrarse en cualquier otra cosa si realmente entendiera el problema”, me dijo. 

Y, sin embargo, pese a esa sensación de urgencia, el ambiente en la marcha era agradable, incluso divertido. No se percibía ira, y apenas se percibía que las vidas (por no hablar de la supervivencia de nuestra especie) estuvieran en peligro. Quizá esto se deba a la amplia variedad de intereses y reivindicaciones que los manifestantes llevaron consigo. 

Un investigador en química con el que me encontré enumeró una larga lista de quejas, que iban desde lo casi conspirativo (que los centros de datos emiten infrasonidos por debajo del umbral de audición humana, provocando paranoia a quienes viven cerca) hasta lo razonable (que la proliferación de la basura de IA en internet está dificultando encontrar fuentes académicas fiables). La solución del investigador era hacer ilegal que las empresas obtengan beneficios de la tecnología: “Si no se pudiera ganar dinero con la IA, no sería un problema”. 

La mayoría de las personas con las que hablé coincidían en que es poco probable que las empresas tecnológicas prestaran atención a este tipo de protesta. “No creo que la presión sobre las compañías vaya a funcionar jamás”, me dijo Maxime Fournes, director global de Pause AI, cuando me lo encontré durante la marcha. “Están optimizadas para simplemente no preocuparse por este problema”. 

Pero Fournes, que trabajó en la industria de la inteligencia artificial durante 12 años antes de unirse a Pause AI, cree que puede dificultarles las cosas. “Podemos frenar la carrera creando protección para los denunciantes o mostrando al público que trabajar en IA no es un empleo glamuroso, que en realidad es un trabajo terrible: así puedes secar la tubería de talento”. 

En general, la mayoría de los manifestantes esperaba concienciar a cuantas más personas mejor sobre estos problemas y utilizar esa visibilidad para impulsar la regulación gubernamental. Los organizadores presentaron la marcha como un evento social, animando a cualquiera que tuviera curiosidad por la causa a unirse. 

Parecía haber funcionado. Conocí a un hombre que trabajaba en finanzas y que se había apuntado acompañando a su compañero de piso. Le pregunté por qué había venido. “A veces no tienes tanto que hacer un sábado, de todos modos”, dijo. “Si puedes ver la lógica del argumento, si más o menos te encaja, es como: «Sí, claro, me apunto»”. 

Pensaba que plantear preocupaciones sobre la IA era algo difícil de rechazar por completo. No es como una protesta pro‑Palestina, dijo, donde podría haber personas que discreparan con la causa. “Aquí siento que es muy difícil que alguien esté totalmente en contra de aquello por lo que marchamos”. 

Tras serpentear por King’s Cross, la marcha terminó en un salón parroquial de Bloomsbury, donde se habían dispuesto mesas y sillas en filas. Los manifestantes escribieron sus nombres en pegatinas, se las colocaron en el pecho y mantuvieron presentaciones algo torpes con sus vecinos. Habían venido para averiguar cómo salvar el mundo. Pero yo tenía un tren que coger, y los dejé con ello.