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Bienvenidos al Gran Valle del Carbono de Kenia: una nueva y audaz apuesta para luchar contra el cambio climático

La tierra que rodea el lago Naivasha, una cuenca de agua dulce poco profunda en la zona centro‑sur de Kenia, parece incapaz de quedarse quieta. 

La ceniza del cercano monte Longonot, que entró en erupción tan recientemente como en la década de 1860, permanece en el suelo. Cuevas de obsidiana y torres de roca dentada se alzan sobre el vapor que brota de grietas en la tierra y se eleva desde pozas de agua hirviente, generadas por un magma que, en algunas zonas, se encuentra a solo unos pocos kilómetros bajo la superficie. 

Es un paisaje nacido de procesos geológicos violentos hace unos 25 millones de años, cuando las placas tectónicas nubia y somalí se separaron. Aquella fractura abrió una depresión en la corteza terrestre de unos 6.400 kilómetros de longitud, desde África Oriental hasta Oriente Medio, para formar lo que hoy conocemos como el Gran Valle del Rift. 

Esta volatilidad confiere a la región un enorme potencial, gran parte del cual sigue sin explotarse. La zona, situada a pocas horas por carretera de Nairobi, alberga cinco centrales geotérmicas que aprovechan las nubes de vapor para generar alrededor de una cuarta parte de la electricidad de Kenia. Pero parte de esa energía se escapa a la atmósfera, y aún más permanece bajo tierra por falta de demanda. 

Eso es lo que llevó a Octavia Carbon hasta aquí. 

En junio, al norte del lago, en la pequeña pero estratégicamente situada localidad de Gilgil, la start-up comenzó a realizar una prueba de alto riesgo. Está aprovechando parte de ese excedente de energía para alimentar cuatro prototipos de una máquina que promete extraer dióxido de carbono del aire de un modo que, según la compañía, es eficiente, asequible y, lo que es crucial, escalable.  

A corto plazo, el impacto será reducido (la capacidad inicial de cada dispositivo es de apenas 60 toneladas anuales de CO₂), pero el objetivo inmediato es simplemente demostrar que la eliminación de carbono aquí es posible. La visión a largo plazo es mucho más ambiciosa: demostrar que la captura directa del aire (DAC, por sus siglas en inglés), como se conoce el proceso, puede ser una herramienta poderosa para ayudar al mundo a evitar que las temperaturas sigan aumentando hasta niveles cada vez más peligrosos. 

“Creemos que estamos haciendo lo que podemos aquí en Kenia para abordar el cambio climático y liderar el impulso para posicionar a Kenia como un país a la vanguardia climática”, me dijo Specioser Mutheu, responsable de comunicación de Octavia, cuando visité el país el año pasado. 

El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas (IPCC, por sus siglas en inglés) ha afirmado que, para evitar que el calentamiento global supere los 1,5 °C por encima de los niveles preindustriales (el umbral fijado en el Acuerdo de París), o incluso los 2 °C, que son más realistas pero aún difíciles de lograr, será necesario reducir de forma significativa las futuras emisiones de combustibles fósiles y extraer de la atmósfera miles de millones de toneladas de carbono ya emitidas. 

Algunas voces sostienen que la DAC, que emplea procesos mecánicos y químicos para extraer dióxido de carbono del aire y almacenarlo en una forma estable (normalmente bajo tierra), es la mejor vía para lograrlo. Es una tecnología con un enorme potencial, que ofrece la posibilidad de que la capacidad humana de innovación nos saque del mismo problema que el propio desarrollo contribuyó a crear. 

El año pasado entró en funcionamiento en Islandia la mayor planta de DAC del mundo, Mammoth, con una capacidad máxima prevista de hasta 36.000 toneladas de CO₂ al año, aproximadamente el equivalente a las emisiones de 7.600 coches de gasolina. La idea es que plantas de DAC como esta eliminen y almacenen carbono de forma permanente, generando créditos de carbono que puedan adquirir empresas, gobiernos y productores industriales locales, lo que contribuiría colectivamente a evitar que el mundo sufra los efectos más peligrosos del cambio climático. 

Grandes tuberías recorren el suelo con los edificios de la planta Mammoth de Climeworks en la distancia.
Planta de eliminación de carbono Mammoth de Climeworks cerca de Reykjavik, Islandia.
JOHN MOORE/GETTY IMAGES

 

Ahora, Octavia y un número creciente de empresas, responsables políticos e inversores de África, EE UU y Europa apuestan por que el entorno único de Kenia contenga las claves para alcanzar ese ambicioso objetivo, y por eso están impulsando una visión transformadora para convertir el Gran Valle del Rift en el “Gran Valle del Carbono”. Y esperan hacerlo de una manera que genere un beneficio económico real para Kenia y, al mismo tiempo, respete los derechos de los pueblos indígenas que habitan estas tierras. Si lo logran, el proyecto no solo podría aportar el impulso que la industria de DAC necesita, sino también ofrecer una prueba de concepto para su despliegue en todo el Sur Global, particularmente vulnerable a los estragos del cambio climático pese a tener muy poca responsabilidad en él. 

Pero la DAC también es una tecnología controvertida, no demostrada a gran escala y extremadamente costosa de operar. En mayo, un medio islandés publicó una investigación sobre Climeworks, la empresa que gestiona la planta Mammoth, en la que concluía que ni siquiera capturaba suficiente dióxido de carbono como para compensar sus propias emisiones, y mucho menos las de otras compañías. 

Los críticos sostienen además que la electricidad que requiere la DAC podría emplearse mejor en descarbonizar nuestros sistemas de transporte, calentar nuestros hogares y alimentar otras industrias que aún dependen en gran medida de los combustibles fósiles. Y añaden que confiar en la DAC puede dar a los contaminadores una excusa para retrasar indefinidamente la transición a las energías renovables. Para complicar aún más el panorama, la demanda menguante por parte de gobiernos y empresas (que serían los principales compradores de DAC) ha llevado a algunos expertos a preguntarse si esta industria siquiera logrará sobrevivir. 

La eliminación de carbono es una tecnología que parece estar siempre a punto de despegar, pero nunca lo hace, afirma Fadhel Kaboub, economista tunecino y defensor de una transición ecológica justa. “Requiere miles de millones de dólares de inversión y no está dando resultados, ni los dará en un futuro próximo. ¿Por qué ponemos entonces el futuro entero del planeta en manos de unas pocas personas y de una tecnología que no funciona?”. 

A estas preocupaciones sobre la viabilidad y la sensatez de la DAC se suma una larga historia de desconfianza por parte del pueblo masái, que ha considerado el Gran Valle del Rift su hogar durante generaciones, pero que ha sido desplazado en oleadas por empresas energéticas que llegaron para explotar las reservas geotérmicas de la región. Y muchos de quienes aún permanecen ni siquiera tienen acceso a la electricidad generada por estas plantas 

Hombres masai caminan por la carretera junto a la planta geotérmica de Olkaria.
REDUX PICTURES

 

Es un panorama inmensamente complejo de gestionar. Pero si el proyecto logra salir adelante, Benjamin Sovacool, investigador en políticas energéticas y director del Boston University Institute for Global Sustainability, ve un enorme potencial para los países históricamente marginados de las políticas climáticas y de la inversión en energía verde. Aunque es escéptico sobre la DAC como solución climática a corto plazo, señala que estas naciones podrían beneficiarse mucho de lo que podría convertirse en una industria de varios billones de dólares. 

“De todas las tecnologías de las que disponemos para combatir el cambio climático, la idea de revertirlo succionando CO₂ del aire y almacenándolo es realmente atractiva. Es algo que incluso una persona corriente puede entender”, dice Sovacool. “Si somos capaces de implementar la DAC a gran escala, podría ser la próxima gran transición energética”. 

Pero antes, claro está, el Gran Valle del Carbono tiene que demostrar que realmente puede funcionar. 

Desafiando la dinámica de poder 

El “Gran Valle del Carbono” es a la vez una visión amplia para la región y una empresa creada para llevar esa visión a la realidad. 

Bilha Ndirangu, ingeniera eléctrica graduada del MIT que creció en Nairobi (Kenia), lleva años preocupada por los efectos del cambio climático en su país. Pero no quiere que Kenia sea solo una víctima del aumento de las temperaturas, me cuenta; aspira a que se convierta en una fuente de soluciones climáticas. Así, en 2021, Ndirangu cofundó Jacob’s Ladder Africa, una organización sin ánimo de lucro cuyo objetivo es preparar a trabajadores africanos para las industrias verdes. 

CORTESÍA DE BILHA NDIRANGU

 

También comenzó a colaborar con el empresario keniano James Irungu Mwangi, director ejecutivo de Africa Climate Ventures, una firma de inversión centrada en crear y acelerar empresas climáticamente inteligentes. Mwangi llevaba tiempo trabajando en una idea alineada con la convicción que ambos compartían sobre el potencial de la enorme capacidad geotérmica del país: el plan consistía en encontrar compradores para el excedente de energía geotérmica de Kenia y así impulsar el desarrollo de aún más energía renovable. Una industria intensiva en energía y con impacto climático positivo destacaba claramente: la captura directa del aire de dióxido de carbono. 

El Gran Valle del Rift era la clave de esta visión. La idea era que podría proporcionar la energía barata necesaria para alimentar una DAC asequible a gran escala y, al mismo tiempo, ofrecer la geología ideal para almacenar carbono de forma eficaz en el subsuelo profundo tras extraerlo del aire. Y con casi un 90% de la red eléctrica del país ya alimentada por energías renovables, la DAC no estaría desviando electricidad de otras industrias que la necesitan. Al contrario: atraer plantas DAC a Kenia podría brindar el impulso necesario para que los proveedores de energía ampliaran su infraestructura y extendieran la red eléctrica, conectando idealmente al 25% de la población que aún carece de electricidad y reduciendo episodios en los que es necesario racionar la energía. 

“Este impulso por las energías renovables y la descarbonización de las industrias nos brinda una oportunidad que solo se presenta una vez en la vida”, me asegura Ndirangu.  

Así, en 2023, ambos fundaron Great Carbon Valley, una empresa de desarrollo de proyectos cuya misión es atraer compañías de DAC a la región, junto con otras industrias intensivas en energía que buscan electricidad renovable. 

La iniciativa ya ha logrado atraer a empresas de alto perfil, como la start-up belga de DAC Sirona Technologies, la compañía DAC francesa Yama, y Climeworks, la empresa suiza que opera Mammoth y otra planta de DAC en Islandia (y que apareció en la lista de 10 Tecnologías emergentes de MIT Technology Review en 2022 y en la lista de Empresas tecnológicas climáticas a tener en cuenta en 2023). Todas ellas planean lanzar proyectos piloto en Kenia en los próximos años, y Climeworks ha anunciado sus planes para completar su planta keniana de DAC en 2028. GCV también se ha asociado con Cella, una empresa estadounidense de almacenamiento de carbono que colabora con Octavia, y está facilitando los permisos para la empresa islandesa Carbfix, que se encarga de inyectar el carbono procedente de las instalaciones DAC de Climeworks. 

Vista de drones de edificios de contenedores de envío junto a un panel solar.
Cella y Sirona Technologies tienen un programa piloto en el Gran Valle del Rift llamado Proyecto Jacaranda.
SIRONA TECHNOLOGIES

 

El cambio climático afecta de forma desproporcionada a esta parte del mundo, pero también está cambiando las reglas del juego en todo el planeta”, me explica Corey Pattison, director ejecutivo y cofundador de Cella, al hablar sobre el atractivo del concepto desarrollado por Mwangi y Ndirangu. “Esto también es una oportunidad para ser emprendedores y creativos en nuestra manera de pensar, porque lugares como Kenia cuentan con todos estos activos”. 

El país no solo puede ofrecer energía renovable barata y abundante: quienes defienden la DAC en Kenia confían en que su población joven y formada aporte los ingenieros y científicos necesarios para desarrollar esta infraestructura. A su vez, este sector podría abrir oportunidades para los aproximadamente 6 millones de jóvenes que están desempleados o infraempleados. 

“No es una industria puntual”, afirma Ndirangu, subrayando su convicción de que el empleo surgirá de la industrialización verde. Se necesitarán ingenieros para supervisar las instalaciones de DAC, y la demanda adicional de energía renovable generará empleo en el sector energético y en servicios asociados, como el agua y la hostelería. 

“Estás desarrollando toda una gama de infraestructuras para hacer posible esta industria”, añade. “Esa infraestructura no solo beneficia al sector: también beneficia al país”. 

La oportunidad de resolver un “problema del mundo real” 

En junio del año pasado, subí por un camino de tierra hasta la sede de Octavia Carbon, junto a la Eastern Bypass Road de Nairobi (Kenia), en los confines orientales de la ciudad. 

El equipo que conocí durante la visita irradiaba el tipo de optimismo desbordante que es habitual en las start-ups en fases tempranas. “La gente solía escribir artículos académicos afirmando que ningún ser humano podría correr un maratón en menos de dos horas”, me dijo aquel día el director ejecutivo de Octavia, Martin Freimüller. El maratonista keniano Eliud Kipchoge superó esa barrera en una carrera en 2019. Un mural suyo ocupa un lugar destacado en la pared, junto con su lema: “No human is limited. 

“Es imposible… hasta que Kenia lo logra”, añadió Freimüller. 

En junio, Octavia comenzó a probar su tecnología en el campo en un proyecto piloto en Gilgil.
OCTAVIA CARBON

 

Aunque no es un socio oficial de la iniciativa Great Carbon Valley de Ndirangu, Octavia está alineada con la visión más amplia, me dijo Freimüller. La empresa comenzó su andadura en 2022, cuando Freimüller, un consultor de desarrollo austríaco, conoció a Duncan Kariuki, graduado en ingeniería por la Universidad de Nairobi, en OpenAir Collective, un foro en línea dedicado a la eliminación de carbono. Kariuki presentó a Freimüller a sus compañeros de clase Fiona Mugambi y Mike Bwondera, y los cuatro empezaron a trabajar en un prototipo de DAC, primero en un espacio de laboratorio prestado por la universidad y, más tarde, en un apartamento. No pasó mucho tiempo antes de que los vecinos se quejaran del ruido y, en menos de seis meses, trasladaron la operación a su actual almacén. 

Ese mismo año anunciaron su primer prototipo, cariñosamente llamado Thursday, en referencia al día en que se presentó en un evento de Nairobi Climate Network. Pronto, Octavia estaba mostrando su tecnología a visitantes de alto perfil, entre ellos el rey Carlos III y Meg Whitman, la embajadora del presidente Joe Biden en Kenia. 

Tres años después, el equipo cuenta con más de 40 ingenieros y ha construido su 12.ª unidad de DAC: un cilindro metálico aproximadamente del tamaño de una lavadora grande, que contiene un filtro químico basado en una amina, un compuesto orgánico derivado del amoníaco. (Octavia declinó ofrecer más detalles sobre la disposición interna del filtro dentro de la máquina, ya que la empresa está a la espera de la aprobación de una patente para el diseño). 

Octavia se basa en un método de absorción de aminas similar al utilizado por otras plantas DAC en todo el mundo, pero su proyecto se distingue: se ha diseñado para adaptarse al clima local y funciona con más del 80 % de energía térmica.
OCTAVIA CARBON

 

Hannah Wanjau, ingeniera de la empresa, me explicó cómo funciona el sistema: unos ventiladores aspiran aire del exterior a través del filtro, haciendo que el dióxido de carbono (que es ácido) reaccione con la amina básica y forme una sal de carbonato. Cuando esta mezcla se calienta en al vacío a una temperatura de entre 80 y 100 °C, el CO₂ se libera en forma de gas y se recoge en una cámara especial, mientras que la amina puede reutilizarse en el siguiente ciclo de captura. 

El método de absorción con aminas se ha empleado en otras plantas de DAC en el mundo, incluidas las operadas por Climeworks, pero el proyecto de Octavia destaca en varios aspectos clave. Wanjau explicó que la tecnología está adaptada al clima local: la empresa ha ajustado tanto el tiempo de absorción como la temperatura de liberación del CO₂, lo que podría convertirla en un modelo para otros países tropicales. 

Y luego está la fuente de energía: el dispositivo funciona con más de un 80% de energía térmica, que en el terreno consistirá en el excedente de energía geotérmica que las centrales no convierten en electricidad. Esa energía suele liberarse a la atmósfera, pero aquí se canalizará hacia las máquinas de Octavia. Además, el diseño modular del dispositivo permite que quepa en un contenedor de transporte, permitiendo a la empresa desplegar decenas de unidades cuando exista demanda, me comentó Mutheu. 

Esta tecnología se está probando sobre el terreno en Gilgil (Kenia), donde, según Mutheu, la empresa “continúa capturando y acondicionando CO₂ como parte de nuestras operaciones y ciclos de prueba en curso”. (Rechazó proporcionar datos o resultados concretos por el momento). 

Una vez capturado, el CO₂ se calentará y se presurizará. Después se bombeará a una instalación cercana operada por Cella, donde se inyectará el gas en fisuras subterráneas. La geología especial de la región ofrece de nuevo una ventaja: gran parte de la roca subterránea es basalto, un mineral volcánico rico en iones de calcio y magnesio. Estos reaccionan con el dióxido de carbono para formar minerales como calcita, dolomita y magnesita, fijando así los átomos de carbono en forma sólida. 

Este proceso es más duradero que otras formas de almacenamiento de carbono, lo que lo hace potencialmente más atractivo para los compradores de créditos de carbono, afirma Pattison, director ejecutivo de Cella. Métodos de mitigación no geológica (como los programas de sustitución de cocinas domésticas o las soluciones basadas en la naturaleza, como la plantación de árboles) se han visto recientemente afectados por revelaciones de fraude o exageración. El dinero para el proyecto piloto de Cella, que verá la inyección de 200 toneladas de CO₂ este año, procede principalmente del compromiso de mercado anticipado Frontier, mediante el cual un grupo de empresas, incluidas Stripe, Google, Shopify, Meta y otras, ha prometido colectivamente gastar 1.000 millones de dólares (unos 913,8 millones de euros) en eliminación de carbono para 2030. 

El diseño modular del dispositivo de Octavia puede caber dentro de un contenedor de envío, lo que permite a la empresa implementar fácilmente docenas de estas unidades una vez que haya demanda.
OCTAVIA CARBON

 

Estos proyectos ya han abierto nuevas posibilidades para jóvenes kenianos como Wanjau. Me contó que no había muchas oportunidades para que aspirantes a ingenieras mecánicas como ella pudieran diseñar y probar sus propios dispositivos; muchos de sus compañeros trabajaban en empresas de construcción o petróleo, o estaban desempleados. Pero casi inmediatamente después de graduarse, Wanjau comenzó a trabajar en Octavia. 

“Me alegra estar intentando resolver un problema que es un asunto del mundo real”, me dijo. “No muchas personas en África tienen la oportunidad de hacer eso”. 

Una subida cuesta arriba 

A pesar del enorme entusiasmo de socios e inversores, el proyecto Great Carbon Valley enfrenta múltiples desafíos antes de que la visión de Ndirangu y Mwangi pueda hacerse realidad. 

Desde sus inicios, la iniciativa ha tenido que lidiar con “esta percepción de que hacer proyectos en África es arriesgado”, explica Ndirangu. De las decenas de instalaciones de DAC planificadas o existentes hoy, solo un puñado se encuentra en el Sur Global. De hecho, Octavia se ha descrito a sí misma como la primera planta de DAC ubicada en esta región. “Incluso vender Kenia como destino para la DAC fue todo un desafío”, afirma. 

Por ello, Ndirangu destacó la experiencia de Kenia en el desarrollo de recursos geotérmicos, así como su talento local en ingeniería y los menores costes laborales. GCV también se ha ofrecido a colaborar con el gobierno keniano para ayudar a las empresas a obtener los permisos necesarios y comenzar a construir lo antes posible. 

Al promocionar el Gran Valle del Carbono, Ndirangu ha aprovechado la experiencia de Kenia en el desarrollo de recursos geotérmicos, así como el talento de ingeniería local y un menor costo de mano de obra.
ALAMY

 

Ndirangu afirma que ya ha visto “un apetito real” entre los productores de energía que quieren ampliar la infraestructura de energías renovables, pero al mismo tiempo esperan pruebas de que habrá demanda. Imagina que, una vez que esa energía adicional esté disponible, muchas otras industrias, desde centros de datos hasta productores de acero verde, amoníaco verde o combustibles de aviación sostenibles, considerarán establecerse en Kenia, atrayendo más de una docena de proyectos al valle en los próximos años. 

Pero acontecimientos recientes podrían frenar esa demanda (que algunos expertos ya temían insuficiente). Los gobiernos de todo el mundo están retrocediendo en sus compromisos climáticos, especialmente en EE UU. La administración Trump ha recortado drásticamente la financiación destinada al desarrollo relacionado con el cambio climático y las energías renovables. El Departamento de Energía parece dispuesto a cancelar una subvención de 50 millones de dólares (unos 45,7 millones de euros) destinada a una planta de DAC propuesta en Luisiana (EE UU), que habría sido operada parcialmente por Climeworks. Y en mayo, poco después de ese anuncio, la empresa comunicó que recortaba un 22% de su plantilla. 

Al mismo tiempo, muchas empresas que probablemente habrían sido compradoras de créditos de carbono, y que hace apenas unos años habían prometido voluntariamente reducir o eliminar sus emisiones, están retirando silenciosamente esos compromisos. A largo plazo, advierten los expertos, existe un límite en la cantidad de eliminación de carbono que las compañías comprarán de manera voluntaria. Sostienen que, en última instancia, deberán ser los gobiernos quienes lo financien o exigir a los contaminadores que lo hagan. 

A todos estos retos se suman los costes. Los críticos aseguran que las inversiones en DAC son una pérdida de tiempo y dinero en comparación con otras formas de reducción de carbono. A mediados de diciembre, los créditos de eliminación de carbono en el Sistema de Comercio de Emisiones de la Unión Europea (uno de los mayores mercados de carbono del mundo) tenían un precio de alrededor de 84 dólares por tonelada (unos 76,8 euros). El precio medio por crédito de DAC, en comparación, ronda los 450 dólares (unos 411,8 euros). Procesos naturales como la reforestación absorben millones de toneladas de carbono cada año y son mucho más baratos (aunque los programas para convertirlos en créditos de carbono tienen sus propias controversias). En última instancia, la DAC sigue operando a pequeña escala, eliminando apenas unas 10.000 toneladas métricas de CO₂ al año. 

Incluso si los proveedores de DAC logran superar estos obstáculos, siguen apareciendo cuestiones espinosas dentro de Kenia. Grupos como Power Shift Africa, un think tank con sede en Nairobi (Kenia) que aboga por la acción climática en el continente, han calificado los créditos de carbono como “permisos para contaminar” y los han culpado de retrasar la electrificación. 

“El objetivo último de [la eliminación de carbono] es poder decir, al final, que podemos seguir emitiendo y simplemente recapturar esas emisiones con esta tecnología”, afirma Kaboub, el economista tunecino que ha trabajado con Power Shift Africa. “Así que no hace falta poner fin a los combustibles fósiles, y por eso recibe tanto apoyo de países y empresas petroleras”. 

Otro problema que identifica no se limita a la DAC, sino que se extiende a la forma en que Kenia y otras naciones africanas están persiguiendo su meta de industrialización verde. Aunque el presidente keniano William Ruto ha atraído inversión financiera internacional para convertir Kenia en un centro de energía verde, las políticas de su administración han incrementado la deuda externa del país, que en 2024 equivalía aproximadamente al 30% de su PIB. El desarrollo geotérmico en Kenia a menudo se ha financiado con préstamos de instituciones internacionales u otros gobiernos. A medida que la deuda ha aumentado, el país ha aplicado medidas de austeridad nacional que han desencadenado protestas mortales. 

Kenia puede tener ventajas sobre otros países, y es probable que los costes de la DAC disminuyan con el tiempo. Pero algunos expertos, como Benjamin Sovacool, de Boston University, no están convencidos de que Great Carbon Valley (o cualquier iniciativa de DAC) pueda mitigar de forma significativa el cambio climático. Las investigaciones de Sovacool han descubierto que, en el mejor de los casos, la DAC estará lista para desplegarse a la escala necesaria hacia mediados de siglo, demasiado tarde para funcionar como una solución climática viable. Y eso suponiendo que pueda superar costes adicionales, como las pérdidas asociadas a la corrupción en el sector energético, que Sovacool y otros han documentado como un problema generalizado en Kenia.

MIRIAM MARTINCIC

 

Sin embargo, otras personas dentro de la industria de la eliminación de carbono se muestran más optimistas respecto a las perspectivas generales de la DAC y confían especialmente en que Kenia pueda resolver algunos de los desafíos que la tecnología ha encontrado en otros lugares. El coste “no es lo más importante”, afirma Erin Burns, directora ejecutiva de Carbon180, una organización sin ánimo de lucro que aboga por la eliminación y reutilización del dióxido de carbono. “Hay muchas cosas por las que pagamos”. Señala que gobiernos de Japón, Singapur, Canadá, Australia, la Unión Europea y otros lugares están estudiando el desarrollo de mercados de cumplimiento para el carbono, incluso aunque EE UU esté estancado en este ámbito. 

Cree que Great Carbon Valley está bien posicionado para beneficiarse de estos avances. “Es grande. Es visionario”, afirma Burns. “Hay que tener un poco de ambición. No se trata de desplegar una tecnología que ya esté extendida. Y eso conlleva un enorme potencial para grandes oportunidades y ganancias enormes”. 

Vuelta a la tierra 

Más que cualquier factor externo, el futuro de Great Carbon Valley está quizá más íntimamente entrelazado con la tierra inquieta sobre la que se está construyendo y con la comunidad que ha vivido aquí durante siglos. 

Para el pueblo masái, pastores nómadas que habitan extensas zonas de África Oriental, incluida Kenia, este territorio alrededor del lago Naivasha es ol-karia, que significa “ocre”, en referencia a la arcilla rojo intenso que abunda en la región. 

Al sur del lago se encuentra el Parque Nacional Hell’s Gate, una reserva natural de 26 millas cuadradas donde los cinco complejos geotérmicos de la región (y un sexto en construcción) funcionan sobre numerosos respiraderos de vapor. La primera planta geotérmica de la zona entró en servicio en 1981, desarrollada por KenGen, una empresa eléctrica de mayoría estatal; recibió el nombre de Olkaria. 

Pero durante décadas la mayoría de los masái no han tenido acceso a esa electricidad. Y muchos han sido expulsados de sus tierras en oleadas de desalojos. En 2014, la construcción de un complejo geotérmico de KenGen expulsó a más de 2.000 personas y dio lugar a varias denuncias legales. Al mismo tiempo, habitantes cercanos a otro complejo geotérmico de propiedad privada situado 50 millas al norte de Naivasha se han quejado de ruido y contaminación del aire; en marzo, un tribunal keniano revocó la licencia de operación de una de las tres plantas del proyecto. 

Ni Octavia ni Cella utilizan energía procedente de estos dos productores geotérmicos, pero activistas han advertido de que podrían resurgir daños ambientales y sociales similares si crece la demanda de nueva infraestructura geotérmica en Kenia, una demanda que podría verse impulsada por la DAC. 

Ndirangu asegura que cree que algunas de las denuncias sobre desplazamiento están “exageradas”, pero reconoce igualmente la necesidad de una participación comunitaria más sólida, al igual que Octavia. A largo plazo, afirma que planea ofrecer formación laboral a los residentes que viven cerca de las zonas afectadas e integrarlos en la industria, aunque también subraya que dichos planes deben ser realistas. “No quieres crear la expectativa equivocada de que contratarás a todo el mundo de la comunidad”, señala. 

Ese es parte del problema para activistas masái como Agnes Koilel, una profesora que vive cerca del campo geotérmico de Olkaria (Kenia). A pesar de promesas anteriores de empleo en las plantas de energía, los trabajos que se ofrecen suelen ser puestos de menor salario, como limpieza o seguridad. ”Los masái no están tan empleados como la gente cree”, afirma. 

El pueblo masai ha habitado zonas del este de África, incluida Kenia, durante siglos, pero muchos todavía carecen de acceso a la energía que ahora se produce allí.
ALAMY

 

La DAC es una industria pequeña, y no puede hacerlo todo. Pero si llega a ser tan grande como esperan Ndirangu, Freimüller y otros defensores de Great Carbon Valley, creando empleo e impulsando la industrialización verde de Kenia, comunidades como la de Koilel estarán entre las más directamente afectadas, igual que lo están por el cambio climático. 

Cuando le pregunté a Koilel qué pensaba del desarrollo de la DAC cerca de su hogar, me dijo que nunca había oído hablar de la idea de Great Carbon Valley ni de la eliminación de carbono en general. No estaba necesariamente en contra del desarrollo de energía geotérmica por principio, ni se oponía a ninguna de las industrias que podrían impulsar su expansión. Solo quiere ver algunos beneficios, como un centro de salud para su comunidad. Quiere revertir los desalojos que han expulsado a sus vecinos de sus tierras. Y quiere electricidad: el mismo tipo de electricidad que alimentaría los ventiladores y las bombas de los futuros centros de DAC. 

“La energía se genera en estas comunidades”, dijo Koilel. “Pero ellas mismas no tienen esa luz”. 

Diana Kruzman es una periodista freelance que cubre temas medioambientales y de derechos humanos en todo el mundo. Sus artículos han aparecido en New Lines Magazine, The Intercept, Inside Climate News y otras publicaciones. Vive en Nueva York (Nueva York, EE UU).