Existe un sentimiento de déjà vu sobre ese fenómeno: la democracia que representa el encuentro de una gran comunidad. Es la misma sensación que nos molesta cuando intercambiamos consejos de repostería (los más buscados en Google en este momento) con desconocidos y recreamos Chatroulette en Hangouts de Google. Ahora que todos estamos separados, parece que las barreras entre nosotros se están bajando en el terreno digital.
n¿Se trata de un espejismo o algo ha cambiado de verdad? No resulta sorprendente que nuestro comportamiento online esté siendo diferente al de la era precuarentena. El coronavirus (COVID-19) ha alterado drásticamente nuestras vidas, secuestrándonos dentro de nuestros hogares y convirtiendo en potencialmente mortales todas las interacciones que normalmente serían humanas: la hora feliz, los abrazos y los besos, e incluso votar y rascarse la cara. Sin embargo, nadie podía haber esperado que en una era de partidismos rencorosos y troles, el hecho de reunirlos a todos online de alguna manera haya provocado que inte et vuelva a ser un lugar agradable.
nEs como dar marcha atrás en el tiempo para volver a los momentos más sinceros y honestos de la historia de inte et, cuando la novedad de tener una voz y poder conectarse con cualquiera aún nos llenaba de una sensación de infinitas oportunidades y optimismo. Esta sensación se remonta a finales de la década de 1990 y principios de la década de 2000, antes de las redes sociales y de los teléfonos inteligentes, cuando conectarse a inte et seguía viéndose como un uso valioso del tiempo para buscar una comunidad.
nEso se nota en la renovada voluntad de las personas de crear relaciones virtuales. Antes de que las redes sociales nos amargaran y nos convirtieran en seres distantes y evasivos, solíamos tomar más en serio la promesa de una conexión fortuita en inte et. En la actualidad, vuelve a ser genial encontrarse de forma casual con alguien desconocido (virtualmente, por supuesto). Las personas se unen a videollamadas con personas que no conocen para horas felices, clubes de lectura y hasta para ligar por la noche. Comparten momentos colectivos de creatividad en Google Sheets, buscan nuevos amigos de correspondencia pandémica y envían correos electrónicos más suaves y menos críticos.
nTambién se nota la recuperación de las relaciones del pasado. Antes de que el sentimentalismo fuera sustituido por una anual limpieza de amigos en Facebook, resultaba agradable mantenerse en contacto con los compañeros del instituto y encontrar a los maestros de primaria. Ahora volvemos a apreciar a los viejos amigos lejanos; al fin y al cabo, ya no hay mucha diferencia entre pasar el rato con ellos o con los que están más cerca de casa. La gente también se está volviendo analógica: enviando postales, dejando mensajes telefónicos para la familia, preparando paquetes especiales.
nInte et también era un lugar donde se podía aprender cualquier cosa, hasta que la sobrecarga de información lo volvió desbordante. Ahora la claustrofobia y el aburrimiento han llevado a la gente a volver recurrir a inte et para aprender cosas, reuniendo colaboraciones de la mejor receta de masa madre, estudiando nuevos idiomas o ganando otras habilidades inútiles o prácticas.
nIncluso las aplicaciones que solo solían usar los millennials se han vuelto más divertidas y con menos filtros, como en los tiempos anteriores a Photoshop y a los retoques de inteligencia artificial que nos hicieron más vanidosos con nuestra apariencia digital. El brillo que dominaba en Instagram en los últimos años se ha desvanecido. Ahora existe una preciosa naturaleza en las sesiones virtuales de yoga que se llevan a cabo en las desordenadas salas de estar; Martha Stewart e Ina Garten comparten sus consejos culinarios desde ángulos poco favorecedores, incluso alguna celebridad regaña a su suegra por ser demasiado ruidosa.
nPor supuesto, nuestros recuerdos podrían resultar equivocados, como consecuencia de una nostalgia romántica. Al igual que ahora, en los albores de inte et también había personas malintencionadas, recuerda el CEO de la organización sin ánimo de lucro Inte et Society, Andrew Sullivan, pero "la gente tenía más cuidado con su forma de expresarse". El acceso telefónico a inte et hizo que navegar interminablemente fuera más costoso, lo que obligó a las personas a elegir con cuidado cómo pasaban su tiempo online. También el acceso era limitado a las personas con estudios, dinero y conocimientos, y por eso inte et era mucho más reducido.
nTodos estos factores representan, sin duda, algunas de las razones por las que las interacciones online al menos parecían más pacíficas. Toda esa unión también provoca mucho más ruido en el inte et mode o. Pero, aunque las innovaciones como los navegadores y el gran ancho de banda aumentaron el espacio para el debate y para el desacuerdo, también ampliaron la accesibilidad y han hecho que nuestras vidas sean mucho más resistentes a las alteraciones. En otras palabras, sin estos avances ahora estaríamos mucho más aislados en nuestras cuarentenas. "Inte et nos permite mantener una sensación de normalidad y apoya os mutuamente y uni os", asegura Sullivan. Básicamente, nos ha proporcionado una manera de seguir siendo humanos.
nCuando todo esto termine, ¿inte et seguirá siendo un lugar más agradable y más apacible?
nLa profesora de la Universidad de Califo ia en Los Ángeles (Estados Unidos), especialista en los cambios sociales e inte et Leah Lievrouw cree que está surgiendo un sentido de comunidad sin precedentes. La experta subraya: "Estamos viendo que no tenemos que estar físicamente presentes para moviliza os. La infraestructura física no es la que produce todo esto. Se trata de lo que nosotros hacemos con esa tecnología".
nAsí que, tal vez es eso lo que ha cambiado debido a la pandemia: no el propio inte et en sí, sino nuestra relación con la red. Ahora que aparece como nuestro salvavidas para senti os conectados con el mundo, estamos revalorizando nuestras relaciones y comunidades virtuales.
nSullivan considera que no hay forma de predecir cómo será después. Pero el inte et del mes pasado nos muestra las posibilidades para el inte et del mañana. Y concluye: "Hemos visto que las historias distópicas no se están haciendo realidad. Cuando los seres humanos tienen problemas, recurren los unos a los otros".
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